miércoles, 16 de diciembre de 2009

2007.

Se incorporó rápidamente, saltó y a pequeños traspiés fue recogiendo sus prendas, esparcidas por el suelo de moqueta, mientras su pálido acompañante aún dormía desnudo enredado en las sábanas de la 138 de aquel notable hotel europeo.

Encendió un cigarrillo, e intentó templar los nervios masajeándose fuertemente el ceño con la mano libre.
Recordaba poco de la noche anterior, pero los leves restos blancos más papeles arrugados sobre la cómoda le dieron la rápida e incompleta respuesta que buscaba. Suficiente para saber que había vuelto a fallarse, sucumbiendo de nuevo a los placeres efímeros que su compañero le ofrecía de vez en cuando en bandeja de plata.

Aun con todo, la escena que tenía delante era tan perfecta, y su protagonista tan enigmáticamente hermoso, que no pudo evitar querer formar parte y acercarse una vez más al círculo de fuego marcado horas atrás.
Rozó levemente sus labios contra la espalda descubierta del otro, helada como un témpano y con la piel espigada. Sobre ella caían directamente los rayos más tempranos de un blanquecino sol invernal. Imposible negarse a sí mismo que por disfrutar de aquella sensación cada mañana estaría dispuesto a dejarse pisotear una y mil veces más durante el resto de sus días.
Arropó el cuerpo yaciente como pudo, añadiendo improvisadas capas al manto con alguna toalla y jerséis.
Estaba ya a punto de marcharse, cuando volvió sobre sus pasos y echó mano al cajón de la mesilla de noche más cercana, encontrando, como suponía, un bolígrafo y un taco de papel con el logo de la casa en serigrafía.

Cuando el cigarro terminó de consumirse, dejó la colilla junto a la improvisada nota, señalándola como suya.
En efecto, ambos igual de amargos.

"El día que yo no arda de amor, tú morirás de frío."